Nana

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Nana simulaba modestia. Respondía con ligeros movimientos de cabeza, mientras se hacía rápidas reflexiones. Debió de ser el viejo quien llevó al otro; sus ojos eran muy picaruelos. No obstante, había que desconfiar del otro, cuyas sienes se hinchaban grotescamente, y seguro que habría preferido ir solo. Así debía ser el portero les había dado sus señas, y ellos se empujaban, cada uno por su lado.

—Ciertamente, señores, que han hecho bien en venir —dijo ella con mucha amabilidad.

Pero la campanilla eléctrica la sobresaltó. Otra visita, y aquella Zoé abriendo a quien fuera. Prosiguió:

—Es una suerte poder aliviar a los que padecen.

En el fondo estaba fastidiada.

—Oh, señora —repuso el marqués— si supieseis cuánta miseria hay… Nuestro distrito tiene más de tres mil pobres, y es de los más ricos. No se imagina cuántas desgracias: niños sin comida, mujeres enfermas y privadas de todo auxilio muriéndose de frío…

—¡Pobres gentes! —exclamó Nana muy enternecida.


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