Nana
Nana Su emoción fue tal que las lágrimas humedecieron sus hermosos ojos. Con un movimiento se había inclinado, para no fingir más; su peinador dejó ver sus senos, a la vez que sus rodillas separadas dibujaban bajo la delgada tela la redondez de sus muslos. Enrojecieron un poco las mejillas terrosas del marqués. El conde Muffat, que iba a hablar, bajó la mirada. Hacía demasiado calor en aquel gabinete, un calor sofocante, de invernadero. Las rosas se ajaban y del pachulí de la copa salía un olor que embriagaba.
—En semejantes ocasiones, una quisiera ser muy rica —añadió Nana—. En fin, cada uno hace lo que puede… Créanme, señores, que si lo hubiese sabido…
Estuvo a punto de soltar una necedad en medio de su enternecimiento, pero no concluyó la frase. Por un momento se quedó perpleja al no acordarse dónde había puesto sus cincuenta francos al quitarse el vestido. Pero se acordó: estaban en una esquina del tocador, debajo de un bote de pomada puesto boca abajo. Cuando se levantó, volvió a sonar la campanilla con insistencia. ¡Otro más! Aquello no se acababa.