Nana
Nana El conde y el marqués también se habían puesto en pie, y las orejas del último se movieron, dirigiéndose hacia la puerta; sin duda conocía aquellos timbrazos. Muffat le observó; luego apartaron sus miradas. Se estorbaban; volvieron a adoptar su frialdad, uno tieso y sólido, y muy rígidamente peinado; el otro irguiendo sus huesudos hombros, sobre los que caía su corona de escasos cabellos blancos.
—A fe mía —dijo Nana, presentando sus diez grandes monedas de plata y decidiendo tomarlo a risa—: Señores, voy a hacerles ir cargados… esto para los pobres.
Y el adorable hoyito de su barbilla se ahuecó más. Tenía el aspecto de una buena muchacha, con el montón de escudos en su mano abierta y ofreciéndolos a los dos hombres como diciéndoles: Veamos, ¿quién los quiere? El conde fue el más listo y cogió los cincuenta francos, pero quedó una moneda, y para cogerla tuvo que tocar la piel de la joven, una piel tibia y suave que le produjo un escalofrío. Ella continuaba riendo.
—Muy bien, señores. Para otra vez espero darles más.