Nana
Nana Ya no tenían más pretexto; saludaron y se dirigieron hacia la puerta, pero en el momento en que iban a salir sonó nuevamente la campanilla. El marqués no pudo ocultar una pálida sonrisa, mientras que una sombra oscurecía la seriedad del conde. Nana los retuvo unos instantes para permitir que Zoé encontrase otro rincón. No le gustaba que sus visitas se encontrasen en su casa. Sólo que aquel día debía estar atestada. Se tranquilizó cuando vio el salón vacío. ¿Los había metido Zoé en los armarios?
—Hasta la vista, señores —dijo deteniéndose en el umbral del salón.
Los envolvió en su sonrisa y su mirada abierta. El conde Muffat se inclinó, turbado a pesar de ser un experto; tenía necesidad de respirar al llevarse el vértigo de aquel tocador, un aroma de flor y de mujer que le ahogaba. Y detrás de él, el marqués de Chouard, quien, seguro de no ser visto, se atrevió a dirigirle a Nana un guiño, la cara descompuesta de repente y con la lengua fuera.
Cuando la joven volvió al gabinete, en donde Zoé la esperaba con cartas y tarjetas de visita, gritó, riéndose a carcajadas:
—¡Y dos ricachos me han birlado mis cincuenta francos!