Nana

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No estaba enfadada, porque le parecía gracioso que los hombres se le llevasen el dinero. A pesar de todo, eran unos cerdos, y ella no tenía un céntimo. A la vista de las cartas y de las tarjetas volvió su mal humor. Las cartas podían pasar, pues eran de señores que después de haberla aplaudido la víspera, le dirigían sus declaraciones. Pero los visitantes… podían irse a paseo.

Zoé los había colocado por todas partes y hacía notar que el piso resultaba muy cómodo, porque cada cuarto daba al pasillo. No era como en casa de la señora Blanche, donde había que pasar forzosamente por el salón. De ahí que la señora Blanche tuviese tantos quebraderos de cabeza.

—Los echas a todos —ordenó Nana, que seguía con su idea— empezando por el negrillo.

—A ése, señora, hace un rato que lo he despedido —dijo Zoé con una sonrisa—. Sólo quería decir a la señora que no podía venir esta noche.




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