Nana
Nana Aquello le produjo gran alegría. Nana aplaudió. No iría, ¡qué suerte! Entonces, estaba libre Y lanzó suspiros de alivio como si la hubiesen indultado del más abominable de los suplicios. Su primer pensamiento fue para Daguenet, aquel pobre gatito al que precisamente acababa de escribirle que le esperaba el jueves. ¡Pronto, la señora Maloir tenía que escribirle una nueva carta! Pero Zoé dijo que la señora Maloir se había marchado sin decir nada, como tenía por costumbre. Entonces Nana, después de hablar de enviar a cualquier otro, se quedó vacilando. Se sentía muy fatigada. Dormir toda una noche le iría tan bien… La idea de semejante regalo acabó por entusiasmarla. Por una vez, podía permitirse ese lujo.
—Me acostaré cuando vuelva del teatro —murmuraba, recreándose de antemano— y no me despertaré hasta el mediodía.
Luego, alzando la voz, exclamó:
—Hala, ahora échame a los otros a la escalera.
Zoé no se movía. Ella no se permitiría aconsejar abiertamente a la señora, pero se empeñaría en que la señora se aprovechase de su experiencia, cuando parecía empeñada en hacer un disparate.
—¿Al señor Steiner también?
—Claro está —respondió Nana— a él antes que a los demás.