Nana
Nana La criada aún esperó un poco para dar tiempo a que su señora reflexionase. ¿No estaría orgullosa la señora de quitarle a su rival, a Rose Mignon, un caballero tan rico y tan conocido en todos los teatros?
—Pronto, querida —replicó Nana, que comprendía perfectamente— y dile que me fastidia.
Pero bruscamente cambió de parecer en el futuro podía necesitarlo, y gritó con un gesto de mocosa, riendo y guiñando los ojos:
—Después de todo, si quiero tenerlo, lo mejor es echarlo de casa.
Zoé pareció muy sorprendida. Miró a la señora, presa de súbita admiración, y se fue a echar a Steiner sin vacilar.
Nana esperó algunos minutos para dejarle tiempo de barrer el piso, como ella decía. No había sospechado aquel asalto. Asomó la cabeza por el salón; estaba vacío. El comedor también. Y cuando continuaba su visita, tranquilizada por la seguridad de no encontrar a nadie, se encontró frente a un jovencito al abrir la puerta de un gabinete. Estaba sentado sobre una maleta, tranquilo, con gesto prudente, y un ramo de flores sobre las rodillas.
—¡Dios mío —exclamó— todavía queda uno dentro!