Nana
Nana El jovencito, al verla, se puso en pie de un salto, encarnado como una amapola. No sabía qué hacer con su ramo, y se lo pasaba de una mano a otra, sofocado por la emoción. Su juventud, su embarazo, la facha tan graciosa que tenía con sus flores, enternecieron a Nana, y se echó a reír.
¿También los niños? Ahora le aparecían los hombres en pañales. Se abandonó, familiar, maternal, golpeándose los muslos y preguntando en tono de broma:
—¿Quieres que te suene la nariz, pequeño?
—Sí —respondió el muchacho con voz baja y suplicante.
La respuesta divirtió más a Nana. Tenía diecisiete años y se llamaba Georges Hugon. La víspera estuvo en el Varietés, y venía a verla.
—¿Son para mí estas flores?
—Sí.
—Dámelas, bobo.
Pero cuando ella se las cogía, él se apoderó de sus manos con la glotonería de su dichosa edad. Tuvo que pegarle para que la soltara. ¡Vaya un mocoso más impaciente! Y mientras lo reprendía, se puso colorada y sonreía. Lo despidió, permitiéndole que volviese otro día. El muchacho se tambaleaba y no encontraba las puertas.