Nana
Nana Nana volvió al tocador, donde Francis se presentó en seguida para peinarla definitivamente. Ella sólo se vestía por la tarde. Sentada ante el espejo, inclinando la cabeza bajo las manos ágiles del peluquero, permaneció muda y soñadora, hasta que entró Zoé diciendo:
—Señora, hay uno que no se quiere ir.
—Déjalo —respondió tranquilamente.
—A pesar de eso, aún siguen viniendo.
—Pues diles que esperen. Cuando tengan hambre se irán.
Su humor había cambiado. Ahora le encantaba hacer esperar a los hombres. Una idea acabó de entusiasmarla: se escapó de las manos de Francis y corrió a echar ella misma los cerrojos; ahora ya podían patear del otro lado; seguro que no reventarían la pared. Zoé entraba por la puertecita que comunicaba con la cocina. Sin embargo, la campanilla eléctrica no dejaba de sonar. Cada cinco minutos llegaba su tintineo claro y vivo, con su regularidad de máquina precisa. Y Nana contaba las llamadas para distraerse. Pero de pronto tuvo un recuerdo.
—¿Y mis garrapiñadas?
Francis también las había olvidado. Sacó una bolsa del bolsillo de su levita, con el gesto discreto de un hombre de mundo que ofrece un obsequio a una amiga; no obstante, a cada compra, ponía las garrapiñadas en la cuenta.