Nana
Nana Nana se puso la bolsa entre las rodillas, y empezó a mordisquearlas, volviendo la cabeza bajo las ligeras presiones del peluquero.
—¡Caramba! —exclamó luego de un breve silencio—. Es toda una banda.
Tres veces, una tras otra, sonó la campanilla. Las llamadas se prodigaban. Las habÃa modestas, que balbuceaban con el temblor de una primera confesión; las atrevidas vibraban bajo el peso de un dedo brutal; las impacientes atravesaban el aire con un estremecimiento rápido. Un verdadero repiqueteo, como decÃa Zoé; un carillón que revolucionaba al barrio, una cola de hombres oprimiendo sucesivamente el botón de marfil. Aquel maldito Bordenave habÃa dado la dirección a todo el mundo; todos los espectadores de la vÃspera debÃan de estar allÃ.
—A propósito, Francis —dijo Nana ¿tiene cinco luises?
Él retrocedió, examinó el peinado y luego dijo tranquilamente:
—¿Cinco luises? Según.
—Si quiere garantÃas…