Nana
Nana Y sin acabar la frase, con un expresivo ademán señaló las habitaciones vecinas. Francis le prestó los cinco luises. Zoé, en un momento de respiro, entró para preparar la ropa de la señora. En seguida tuvo que vestirla, mientras el peluquero esperaba para ir a dar un último toque al peinado. Pero la campanilla importunaba continuamente a la doncella, que dejaba a la señora a medio calzar, con sólo un zapato. Perdía la cabeza a pesar de su experiencia.
Después de haber colocado hombres por todas partes, utilizando los rincones más insospechados, se vio obligada a meter tres y cuatro juntos, lo que era contrario a todo principio. Tanto mejor si se devoraban. Así dejarían sitio. Y Nana, encerrada, se burlaba de ellos, diciendo que los oía resoplar. Debían tener buena cara, todos con la lengua fuera como perritos sentados en corro sobre sus patas. Era la prolongación del triunfo de la víspera; aquella jauría de hombres había seguido sus huellas.
—Mientras no rompan nada —murmuró.
Empezaba a inquietarse ante los alientos cálidos que penetraban a través de las rendijas. Pero Zoé introdujo a Labordette, y la joven lanzó un suspiro de alivio. Quería hablarle de una cuenta que había pagado por ella en el juzgado de paz. Ella no le escuchaba y sólo repetía: