Nana
Nana Ahora ya no se contenía por nada; había reconquistado su completa libertad. Todos los días daba su paseo por el lago, iniciando allí las relaciones que concluían en otro sitio. Era la gran componenda, el descaro a pleno sol, el mostrarse a las desvergonzadas ilustres, que se exhibían con la sonrisa de la tolerancia y entre el lujo esplendente de París.