Nana

Nana

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Aquella noche le llevó los diez mil francos. Nana le tendió los labios y él se consoló en un largo beso de todo un día de angustias. Lo que más fastidiaba a Nana era tenerlo continuamente pegado a sus faldas. Se quejaba al señor Venot y le suplicaba que se llevase a su cochinito a casa de la condesa; ¿era que no servía para nada su reconciliación? Y lamentaba haberse mezclado en aquello, puesto que no conseguía quitárselo de encima. Los días en que se dejaba llevar de la cólera, olvidaba sus intereses y juraba hacerle una mala pasada, y como ella le gritaba golpeándose los muslos, no habría servido de nada escupirle a la cara, porque se hubiera quedado dándole las gracias. Entonces se renovaban continuamente las escenas a causa del dinero. Ella lo exigía con brutalidad, soltando palabrotas hasta por sumas miserables. Era una avidez odiosa de cada minuto, y una crueldad el repetirle que sólo se acostaba con él por su dinero, que eso no la divertía y que amaba a otro, y que era muy desgraciada al necesitar a un idiota de su calibre. Incluso no se le quería en la corte, donde ya se hablaba de exigirle la dimisión. La emperatriz había dicho: «Es demasiado repugnante». Y esto era cierto.

Y Nana también repetía la frase para concluir cada una de sus disputas.

—Mira, me repugnas.


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