Nana

Nana

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Y Muffat, miserable en su casa, arrojado por el aburrimiento y la vergüenza, aun prefería vivir en la avenida de Villiers, en medio de las injurias. Pronto sólo subsistió una sola cuestión entre Nana y el conde: el dinero. Un día, después de haberle prometido formalmente diez mil francos, se atrevió, a la hora convenida, a presentarse ante ella con las manos vacías. Desde la antevíspera ella lo encendía con caricias. Pero su falta de palabra, tantos mimos perdidos, la irritaron tanto que no reparó en groserías, y rabiosa, pálida, le gritó:

—¿Qué? No tienes dinero… Entonces, cochinito mío, vuelve al sitio de donde vienes, y cuanto antes. ¡Será idiota! Y aún pretendía abrazarme… ¿No hay dinero? pues no hay nada. ¿Entiendes?

Muffat daba explicaciones; tendría el dinero dos días después. Pero ella le interrumpió violentamente:

—¿Y mis vencimientos? Me embargaran a mí, mientras el señor viene aquí a crédito… Mírate bien. ¿Acaso te imaginas que te amo por tus encantos? Cuando se tiene un hocico como el tuyo, se paga a las mujeres que quieran tolerarte… Si no me traes diez mil francos esta noche, no vuelves a chupar ni la yema de mi meñique… ¡Por ésas! Te devuelvo a tu mujer.


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