Nana
Nana Nana abrió la puerta. El conde no salió. Desde entonces ésta fue la manera de esclavizarle más; por una nimiedad, a la menor querella, le soltaba lo pactado con repugnantes reflexiones. Muy bien. Ya encontraría otros mejores que él; sólo le preocupaba la elección; encontraría tantos hombres como quisiera, hombres menos ridículos, y cuya sangre aún ardíales en las venas.
Muffat inclinaba la cabeza, esperando horas más dulces, cuando ella tuviese necesidad de dinero; entonces, Nana se volvía zalamera y él olvidaba. Una noche de ternuras compensaba los tormentos de toda una semana. Por otra parte, la reconciliación con su esposa le había hecho insoportable su hogar. La condesa, abandonada por Fauchery, que volvió a caer bajo el dominio de Rose, se aturdía en otros amoríos, en la febril inquietud de sus cuarenta años, siempre nerviosa y animando el hotel con el desesperado torbellino de su vida. Estelle, después de su matrimonio, había dejado de ver a su padre. En aquella muchacha, flaca e insignificante, había aparecido bruscamente una mujer de férrea voluntad, tan absoluta que Daguenet temblaba ante ella; ahora la acompañaba a misa, convertido, furioso contra su suegro, que les arruinaba con su querida. Sólo el señor Venot continuaba amable con el conde, esperando su hora; incluso llegó a introducirse en casa de Nana, frecuentando ambos lugares, en los que se encontraba, detrás de las puertas, su sonrisa.