Nana

Nana

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Una mañana que vio salir a Foucarmont de casa de Nana a una hora intempestiva, la acusó crudamente. Y ella se revolvió, indignada con tantos celos. Ya en otras varias ocasiones se había mostrado sumisa. Así, la tarde en que la sorprendió con Georges, ella fue la primera en reconocerse culpable, confesándole sus errores, colmándole de caricias y de frases amables, para tranquilizarle como fuese. Pero ahora ya la fastidiaba con tanta terquedad en no comprender a las mujeres, y fue brutal.

—Pues sí; me he acostado con Foucarmont. ¿Y qué? ¿No te agrada eso, cochinito mío?

Era la primera vez que le arrojaba a la cara «cochinito mío». El conde se quedó sofocado ante la desfachatez de su confesión, y como apretase los puños, ella avanzó hacia él y le miró a la cara.

—¡Y basta ya! Si esto no te conviene, me vas a hacer el favor de marcharte… No quiero que grites en mi casa… Métete bien en tu cabezota que quiero ser libre. Cuando un hombre me gusta, me acuesto con él. Así, como lo oyes. Y decídete inmediatamente: sí o no, y puedes irte.


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