Nana
Nana Al día siguiente el conde Muffat también se había olvidado de la aventura. Por un instante, cuando el coche le llevaba a la calle Richelieu, se había jurado no volver más a casa de aquella mujer. El cielo le enviaba una advertencia; veía la desgracia de Philippe y de Georges como el anuncio de su propia perdición. Pero ni el espectáculo de la señora Hugon llorando, ni la vista del adolescente consumido por la fiebre tuvieron la fuerza de hacerle cumplir su juramento, y del corto estremecimiento de aquel drama sólo le quedó la sorda alegría de verse desembarazado de un rival cuya encantadora juventud siempre le había desesperado. Ahora llegaba a una pasión exclusiva, a una de esas pasiones de hombres que no tuvieron juventud. Amaba a Nana con la necesidad de saber que era únicamente suya, de oírla, de tocarla, de aspirar su aliento. Era como una ternura que se extendía más allá de los sentidos, hasta un sentimiento puro, un afecto inquieto, celoso del pasado, soñando a veces con la redención, con el perdón recibido, arrodillados los dos ante Dios padre. Cada día la religión le dominaba más. Practicaba nuevamente, se confesaba y comulgaba; combatiendo sin cesar, duplicaba con sus remordimientos los goces del pecado y la penitencia. Su director le había permitido usar su pasión y se había acostumbrado a aquella condenación cotidiana, que recogía con sus estallidos de fe, llenos de una humildad devota. Ingenuamente ofrecía al cielo, como una expiación dolorosa, el abominable tormento que padecía. Este tormento crecía diariamente, aumentando su calvario de creyente, de corazón grave y profundo, caído en la sensualidad rabiosa de una ramera. Pero lo que más aumentaba su agonía era la continua infidelidad de aquella mujer, que no podía sujetar y de la que no comprendía sus caprichos imbéciles. Él deseaba un amor eterno, siempre igual. Ella así se lo había jurado, y la pagaba por eso, por su fidelidad. Pero la veía embustera, incapaz de guardarse, entregándose a los amigos, a los transeúntes, como una bestia infeliz nacida para vivir sin camisa.