Nana
Nana Muffat cogió su sombrero y fue a enterarse del estado de Georges. Al cabo de tres cuartos de hora, cuando regresaba, vio a Nana asomada con angustia a una ventana, y le gritó desde la acera que el pequeño no había muerto, y que se confiaba en salvarle.
Entonces Nana saltó de alegría: cantaba, bailaba, encontraba la existencia hermosa. Pero Zoé no estaba satisfecha de su lavado. No hacía más que mirar la mancha y repetía cada vez que pasaba por allí:
—Sabe, señora, no se ha borrado.
En efecto, la mancha reaparecía en un rojo pálido sobre un rosetón blanco de la alfombra. Estaba en el mismo umbral de la habitación, como un trazo de sangre que cruzase la puerta.
—Bah… —dijo Nana dichosa—. Ya se borrará con las pisadas.