Nana

Nana

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Desde hacía un instante la doncella, que había cogido en el tocador una toalla y una palangana, frotaba la alfombra para quitar la mancha de sangre antes de que se secase.

—Señor, la señora está desolada.

Muffat permanecía aterrado, helado por este drama, con el pensamiento fijo en aquella madre llorando a sus hijos. Conocía su gran corazón y la veía con su ropa de viuda extinguiéndose sola en las Fondettes.

Pero Nana aún se desesperaba más. Ahora la imagen de Zizí, caído en el suelo con un agujero rojo sobre la camisa, la ponía fuera de sí.

—Era tan niño, tan dulce, tan acariciador… Sabes, gatito mío, y peor si esto te molesta, que yo amaba a ese crío… No puedo contenerme, eso es más fuerte que yo… Además, esto no debe importarte ahora. Ya no está aquí. Tienes lo que querías; ahora ya estás seguro de que no nos sorprenderás.

Y este último pensamiento la estremeció tanto que Muffat acabó por consolarla.

Le dijo que debía ser fuerte; ella tenía razón, no era culpa suya. Pero Nana reaccionó inmediatamente para decirle:

—Oye, corre en busca de noticias suyas… En seguida, ¡lo quiero!


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