Nana

Nana

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—¡Ah, nos ha hecho mucho daño…! Nos ha hecho mucho daño.

Eso fue todo. Nana se había sentado, abatida, con los guantes y el sombrero todavía puestos. El hotel caía de nuevo en un silencio absoluto; el coche acababa de arrancar, y permaneció inmóvil, sin un pensamiento, y retumbándole aquella escena en la cabeza.

Un cuarto de hora después Muffat la encontró en el mismo sitio. Entonces ella se desahogó con un desbordado torrente de palabras, refiriéndole la desgracia, volviendo veinte veces sobre los mismos detalles, recogiendo las tijeras manchadas de sangre para imitar el ademán de Zizí. Su mayor obsesión era demostrar su inocencia.

—Dime, querido, ¿ha sido culpa mía? Si tú fueses la justicia, ¿acaso me condenarías? Yo no le dije a Philippe que limpiase la caja, ni empujé a ese pequeño desgraciado a que se matase. En todo caso, la más desgraciada soy yo. Vienen a cometer estupideces en mi casa, me causan trastornos y todavía me tratan de perversa.

Y se echó a llorar. Un desahogo nervioso la ponía blanda y doliente, muy enternecida, con un inmenso pesar.

—Tú también tienes el aspecto de no estar contento… Pregunta a Zoé si tengo la culpa o no… Zoé, habla ya, explícale al señor…


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