Nana

Nana

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Luego lanzó un débil suspiro. Había sentido que le latía el corazón. Entonces levantó la cabeza, examinó aquella alcoba y aquella mujer, y pareció recordar. Una llama se encendió en sus ojos vacíos; era tan grande y tan terrible su silencio, que Nana temblaba y continuaba defendiéndose, por encima de aquel cuerpo que las separaba.

—Se lo juro, señora… Si su hermano estuviese aquí podría explicarle.

—Su hermano ha robado y está en la cárcel —dijo la madre duramente.

Nana se quedó como estrangulada. ¿Pero por qué todo aquello? Ahora el otro había robado. ¿Estaban, pues, locos en aquella familia? Ya no se debatió más, no parecía que estuviese en su casa, y dejaba que la señora Hugon diese órdenes.

Los criados habían acudido finalmente; la anciana señora quiso que bajasen a Georges, desvanecido, a su coche. Prefería matarlo antes que dejarlo en aquella casa. Nana, con miradas estupefactas, veía que los criados sostenían al pobre Zizí por los hombros y las piernas.

La madre seguía detrás, extenuada y apoyándose en los muebles como arrojada a la nada de todo lo que amaba. En el descansillo sollozó, se volvió y dijo por dos veces:


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