Nana

Nana

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—Señora, no he sido yo, se lo juro… Él quería casarse conmigo, le he dicho que no, y se ha matado.

Lentamente, vestida de negro, la señora Hugon se acercaba, la cara pálida, los cabellos blancos.

En el coche, la idea de Georges había desaparecido y sólo la falta de Philippe volvió a apoderarse de ella. Tal vez aquella mujer podría dar a los jueces explicaciones que les conmovieran, y se le ocurrió el proyecto de suplicarle, para que declarase en favor de su hijo.

Abajo había encontrado las puertas abiertas; vacilaba en la escalera, debido a sus débiles piernas, cuando los gritos de terror la guiaron. Luego, arriba, un hombre estaba tendido en el suelo, con la camisa manchada de sangre. Era Georges, era su otro hijo.

Nana repetía en un tono imbécil.

—Quería casarse conmigo, le he dicho que no, y se ha matado.

Sin un grito, la señora Hugon se inclinó. Sí, era el otro, era Georges. Uno deshonrado y el otro asesinado. Esto no la sorprendía; era el hundimiento de toda su vida. Arrodillada en la alfombra, ignorando el lugar en que se encontraba, sin percibir a nadie, miraba fijamente el rostro de su hijo, y escuchaba con una mano sobre su corazón.


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