Nana
Nana Nana, presintiendo una desgracia, había vuelto la cabeza, y se revolvió con la mayor indignación.
—¡Pero será imbécil! ¡Tú eres idiota! Y con mis propias tijeras… ¿Quieres acabar de una vez, estúpido? ¡Ah, Dios mío, Dios mío…!
Estaba anonadada. El muchacho, caído de rodillas, acababa de asestarse un segundo golpe, que lo arrojó cuan largo era sobre la alfombra. Cerraba con su cuerpo el umbral de la alcoba.
Entonces ella perdió la cabeza, gritando con todas sus fuerzas, no atreviéndose a saltar por encima del cuerpo, que la atajaba y le impedía correr en busca de socorro.
—¡Zoé, Zoé! ¡Ven pronto! ¡Detenle! Es una estupidez. Un niño como éste… Y ahora se mata, ¡y en mi casa! ¿Se habrá visto nada igual?
El muchacho le daba miedo. Estaba pálido, los ojos cerrados. No sangraba mucho, sólo un poco, saliéndole por debajo del chaleco. Nana se decidía a pasar sobre el cuerpo cuando una aparición la hizo retroceder. Frente a ella, por la puerta del salón que había quedado abierta, se adelantaba una señora anciana.
Y Nana, aterrada, reconoció a la señora Hugon, no explicándose su presencia. Retrocedía, llevando puestos todavía los guantes y el sombrero. Su terror era tanto que se defendió tartamudeando: