Nana

Nana

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Cuando el muchacho volvió a quedarse solo, se puso a buscar. No encontrando otra cosa, cogió del tocador unas tijeras muy puntiagudas, con las que Nana tenía la manía de cortarse las pieles y los pelos. Entonces, durante una hora, se armó de paciencia, con los dedos apretando nerviosamente las tijeras y la mano en el bolsillo.

—Ahí llega la señora —dijo Zoé entrando, que había estado acechándola desde la ventana de su alcoba.

Hubo carreras por el hotel; las risas se extinguieron y las puertas se cerraron.

Georges oyó cómo Nana pagaba al panadero; luego, subió.

—¡Cómo! ¿Aún estás aquí? —exclamó ella al verle—. Me voy a enfadar, pequeño.

Él la seguía mientras ella iba hacia su habitación.

—Nana, ¿quieres casarte conmigo?

Ella se encogió de hombros. Aquello era demasiado estúpido; no quiso responder. Tuvo la idea de darle con la puerta en las narices.

—Nana, ¿quieres casarte conmigo?

Ella empujó la puerta, con una mano, él volvió a abrirla mientras se sacaba la otra del bolsillo con las tijeras. Y sencillamente, con un gran golpe, se las hundió en el pecho.


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