Nana
Nana En el vacío de su cerebro el hombre que esperaba a Nana había desaparecido; sólo quedaba Philippe, continuamente en los brazos desnudos de Nana. Ella no lo negaba, y le amaba, puesto que quería evitarle el disgusto de una infidelidad. Estaba acabado, bien acabado.
Respiró fuertemente y miró alrededor de la habitación, ahogado por un peso que le aplastaba. Uno tras otro le llegaban los recuerdos: las noches risueñas de la Mignotte, las horas de caricias en que se creía su niño, luego las voluptuosidades robadas en aquella misma estancia. ¡Y nunca, nunca más! Él era demasiado pequeño, aún no había crecido bastante, y Philippe le reemplazaba porque ya tenía barba. Entonces, esto era el fin, y ya no podía vivir más. Su vicio se había templado en una ternura infinita, en una adoración sensual, en que todo su ser se entregaba. Luego, ¿cómo olvidar cuando su hermano se quedaba allí? Su hermano, un poco de su sangre, cuyo placer le ponía rabioso de celos. Aquello era el fin. ¡Sí, quería morir!
Todas las puertas estaban abiertas, en medio de la algazara ruidosa de los criados, que habían visto salir a pie a la señora. Abajo, en la banqueta del vestíbulo, el panadero reía con Charles y François. Como Zoé atravesase el salón corriendo, se quedó sorprendida al ver a Georges, y le preguntó si esperaba a la señora. Sí, la esperaba, porque se olvidó de darle una respuesta.