Nana
Nana Entonces, anonadado, Georges se atravesó en la puerta, y lloraba y le suplicaba, juntando las manos, balbuciendo:
—¡Oh, no! ¡Oh, no!
—Yo digo que sÃ. ¿Tienes tú ese dinero?
No, él no tenÃa dinero. Hubiese dado su vida por tener dinero. Jamás se habÃa sentido tan miserable, tan inútil, tan pequeño. Sacudido por los sollozos, sentÃa un dolor tan grande que ella acabó por verlo y enternecerse. Lo apartó suavemente.
—Vamos, gato mÃo; déjame pasar, es preciso… Sé razonable. Tú eres un crÃo; aquello fue agradable para una semana, pero hoy debo pensar en mis asuntos. Reflexiona un poco… Tu hermano ya es un hombre. Con él, no digo que no… Hazme el favor. Es inútil que vayas a contarle todo esto. No necesita saber adónde voy. Siempre hablo demasiado cuando me encolerizo.
Se reÃa. Luego, cogiéndole, le besó en la frente.
—Adiós, pequeño; se acabó, bien acabado, ¿entiendes…? Me marcho.
Y le abandonó. Él se quedó en medio del salón. Las últimas palabras aún sonaban a rebato en sus oÃdos: «Se acabó, bien acabado» y creÃa que la tierra se abrÃa a sus pies.