Nana
Nana —TĂş me aburres ya —dijo Nana, que se habĂa puesto en pie, comida por la impaciencia—. ¡Vaya un minuto más divertido! Te repito que tengo prisa… Me acuesto con tu hermano, si eso me place. ÂżAcaso me mantienes tĂş, acaso pagas para exigirme cuentas? SĂ, me acuesto con tu hermano.
Él la habĂa cogido del brazo y lo apretaba hasta doblárselo, mientras balbucĂa:
—No digas eso… no digas eso…
De una sacudida, ella se libró de él.
—Y ahora me pega. ¡Vean al mocoso…! Pequeño, lárgate inmediatamente… Te toleraba por gentileza. Abre de una vez los ojos… ÂżNo esperarĂas tenerme por mamá hasta la muerte? Tengo otras cosas que hacer que criar mocosos.
Georges la escuchaba con una angustia que lo aturdĂa, sin protestar. Cada palabra le herĂa el corazĂłn con gran golpe, y se sentĂa morir. Ella, sin ver siquiera su sufrimiento, continuaba, dichosa por descargar sobre Ă©l todos los enojos de la mañana.
—Eres igual que tu hermano. ¡Bonito pájaro está hecho! Me habĂa prometido doscientos francos. Ya puedo esperarle… ¡Pues sĂ que hago mucho con su dinero! Ni siquiera puedo comprarme pomada. Pero me ha dejado en un apuro… ÂżQuieres saberlo? Pues por culpa de tu hermano salgo para ir a ganar veinticinco luises con otro hombre.