Nana
Nana Entonces ella hizo una mueca de desespero. ¿Qué querÃa? ¿Por qué estorbaba su camino? TenÃa mucha prisa. Luego, retrocediendo, le preguntó:
—¿Tienes dinero?
—No.
—Es cierto. ¡Qué necia soy! Nunca un céntimo, ni siquiera para el ómnibus… Mamá no quiere… ¡Vaya hombres!
Y se escapaba, pero él la detuvo; querÃa hablar con ella. Nana repetÃa que no tenÃa tiempo cuando una palabra la dejó tiesa.
—Oye, sé que vas a casarte con mi hermano.
Aquello sà que resultaba gracioso. Se dejó caer en una silla para reÃrse a gusto.
—Sà —continuó el pequeño—. Y yo no quiero… Soy yo quien se casará contigo… Vengo para eso.
—¡Cómo! ¿Tú también? —exclamó Nana—. Por lo visto es un mal de familia… Pues nunca. ¡Vaya un sufrimiento! ¿Os he pedido esa estupidez? Ni con el uno ni con el otro. ¡Nunca!
El rostro de Georges se iluminó. ¿Y si se hubiese engañado?
—Entonces júrame que no te acuestas con mi hermano.