Nana

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Entonces, cuando se le ocurrió pedir prestados los ciento treinta y tres francos a Zoé, se contuvo, pues ya le debía dinero, y era demasiado orgullosa para exponerse a una negativa.

Tal era la preocupación que la embargaba que entró en su alcoba hablando en voz alta:

—Bah, bah, hija mía… No cuentes más que contigo. Tu cuerpo te pertenece, y más vale servirse de él que sufrir un desaire.

Y sin siquiera llamar a Zoé, se vistió rápidamente para correr a casa de la Tricon. Era su supremo recurso en las horas más difíciles.

Muy pretendida, siempre solicitada por la vieja señora, se negaba o se resignaba según sus necesidades, y los días, cada vez más frecuentes, en que los agujeros aparecían en su tren regio, estaba segura de encontrar allí veinticinco luises esperándola. Se dirigía a casa de la Tricon con la facilidad del hábito, como los pobres se dirigen al Monte de Piedad.

Pero al salir de su habitación se tropezó con Georges, de pie en medio del salón. Ella no advirtió su palidez ni el fuego sombrío de sus ojos. Sólo tuvo un suspiro de alivio.

—¡Ah! Vienes de parte de tu hermano, ¿no?

—No —replicó Georges, temblando más.


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