Nana
Nana Cuando lo acompañaba a la puerta, Nana se acordó del panadero, y bruscamente le dijo:
—A propósito, ¿no llevas encima diez luises?
Un principio de Labordette, que le daba buenos resultados, consistía en no prestar nunca dinero a las mujeres. Siempre daba la misma respuesta:
—No, querida; estoy limpio… Pero si quieres que vaya a casa de tu cerdito…
Ella se negó, pues era inútil. Dos días antes le había sacado al conde cinco mil francos. No obstante, ella lamentó su indiscreción; detrás de Labordette, aunque sólo eran las dos y media, reapareció el panadero, y se sentó en una banqueta del vestíbulo, groseramente y jurando en voz alta.
Nana le escuchaba desde el primer piso. Palidecía, y sobre todo sufría al oír cómo se subía el sordo regocijo de los criados. Se partían de risa en la cocina; el cochero miraba desde el fondo del patio, François atravesaba sin motivo el vestíbulo y luego se apresuraba a dar noticias, después de sonreírle al panadero con una mueca de inteligencia.
Se burlaba de la señora, las paredes resonaban y ella se sentía completamente sola en medio del desprecio de su servidumbre, que la acechaba y la humillaba con bromas de muy mal gusto.