Nana
Nana Añadió que si ella escogía este tema, los plateros tenían la intención de dar a la noche su parecido. Esta idea, de un gusto arriesgado, la hizo palidecer. Ya se veía como una estatua de plata, en el símbolo de las tibias voluptuosidades de la sombra.
—Claro está, no posarías más que para la cabeza y los hombros —añadió Labordette.
Ella le miró tranquilamente.
—¿Por qué…? Desde el momento en que se trata de una obra de arte, me importa poco el escultor que me reproduzca.
Convenido: ella escogía aquel motivo. Pero él la detuvo:
—Espera… Son seis mil francos más.
—¿Y eso qué me importa? —exclamó echándose a reír—. ¿Acaso mi cochinito no tiene buena bolsa?
Ahora, entre sus íntimos, llamaba así al conde Muffat, y aquellos señores no se referían a él de otra manera. «¿Viste a tu cerdito anoche…?» «Anda, creí encontrar aquí a tu cochinito.» Una sencilla familiaridad que, sin embargo, ella aún no se permitía en su presencia.
Labordette enrollaba los dibujos dando las últimas explicaciones: los plateros se comprometían a entregar la cama dentro de dos meses, hacía el 25 de diciembre; desde la semana siguiente, un escultor acudiría a tomar el modelo de la Noche.