Nana

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Hacia las dos, cuando Nana empezaba a inquietarse, se presentó Labordette. Llevaba los dibujos de la cama. Esto constituyó una diversión, una alegría que la hizo olvidarse de todo; aplaudía y bailaba. Luego, llena de curiosidad, inclinada encima de una mesa del salón, se puso a examinar los dibujos que Labordette le explicaba.

—Mira, esto es el barco; en el centro, un montón de rosas entreabiertas, luego una guirnalda de flores y de capullos; las hojas serán en oro verde y las rosas en oro rojo… Y he aquí la gran pieza de la cabecera; una ronda de amorcillos sobre un enrejado de plata.

Pero Nana le interrumpió con el mayor entusiasmo.

—¡Qué gracioso está este chiquillo! el último, el que tiene el trasero al aire… ¡Y este reír malicioso! Todos tienen ojos de cerditos… ¿Sabes, querido, que ya no me atreveré a hacer suciedades ante ellos?

Saboreaba una satisfacción de extraordinario orgullo. Los plateros habían dicho que ni una reina se acostaba en un lecho como aquél. Sólo había una complicación. Labordette le enseñó dos dibujos para la pieza de los pies; uno reproducía el asunto de los barcos y el otro era una alegoría: la Noche envuelta en sus velos, cuya deslumbrante desnudez descubría un Fauno.


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