Nana

Nana

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Sólo Julien, el mayordomo, afectaba defender a Nana; a pesar de todo, era muy señora, y cuando le acusaban de acostarse con ella, se reía con aire fatuo, lo que ponía a la cocinera fuera de sí, porque ella hubiese querido ser un hombre para escupirles el trasero a aquellas mujerzuelas, de asco que le daban. François, maliciosamente, había dejado al panadero en el vestíbulo sin avisar a la señora.

Cuando Nana bajó se encontró delante de él a la hora del desayuno. Cogió la cuenta y le dijo que volviese a las tres. Entonces, con groseras palabras, se fue, jurando que sería puntual para cobrar de cualquier manera.

Nana almorzó muy mal, humillada por aquella escena. Había que deshacerse de aquel hombre. Diez veces había apartado su dinero, pero el dinero siempre desaparecía, un día para flores, otro para suscripción a favor de un anciano gendarme.

Además, ahora contaba con Philippe, y se asombraba de que no estuviese allí con sus doscientos francos.

Era una verdadera mala suerte; la antevíspera aún había equipado a Satin con un ajuar, casi mil doscientos francos en vestidos y lencería, y no le quedaba ni un luis en casa.


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