Nana

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Un segundo desastre aparecía en aquella habitación; el lecho, con las sábanas mordidas, descubría toda su angustia; una silla arrojada al suelo, entre prendas de vestir, parecía muerta. Georges debía de estar en casa de aquella mujer. Y la señora Hugon, con los ojos secos y las piernas firmes, descendió. Quería a sus hijos y salía para reclamarlos.

Durante aquella mañana Nana tuvo sus quebraderos de cabeza. Primero fue el panadero, quien, a las nueve, había aparecido con su cuenta, una miseria: ciento treinta y tres francos de pan que no conseguía cobrar en medio del regio tren del hotel. Se había presentado veinte veces, irritado por habérsele sustituido desde el día en que cortó el crédito, y los criados apoyaban su causa.

François decía que la señora no le pagaría nunca si no armaba un escándalo; Charles también hablaba de subir para solucionar una vieja cuenta de paja que seguía sin abonarse, y Victorine aconsejaba que esperasen la presencia de algún señor y sacarle dinero. La cocina se apasionaba, todos los proveedores estaban al corriente gracias a comadreos de tres y cuatro horas; la señora quedaba desnuda, desplumada y pintada con encarnizamiento por una servidumbre ociosa que reventaba de bienestar.


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