Nana

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Hacia el mediodía una espantosa noticia había aplastado a la señora Hugon. Philippe estaba en la cárcel desde la víspera; se le acusaba de haber robado doce mil francos de la caja del regimiento. Desde hacía tres meses iba sustrayendo pequeñas cantidades con el propósito de restituirlas, disimulando las salidas con falsos comprobantes, un fraude que siempre surtía efecto gracias a la negligencia del consejo de administración.

La anciana señora, aterrada por el crimen de su hijo, lanzó un primer grito de cólera contra Nana; sabía de sus relaciones con Philippe, y sus tristezas venían de esta desgracia, que la retenía en París por temor a una catástrofe, pero nunca llegó a temer tanta vergüenza. Y ahora se reprochaba sus negativas de dar dinero como una complicidad. Desplomada en un sillón, atacadas sus piernas de una parálisis, se sentía inútil, incapaz de dar un paso, clavada allí para morir.

No obstante, el repentino pensamiento de Georges la consoló; aún le quedaba Georges, y él podría actuar, tal vez salvarlo. Entonces, sin pedir ayuda a nadie, con el deseo de que estas cosas quedaran sepultadas entre ellos, se arrastró y subió al otro piso, aferrada a la idea de que aún había ternura a su lado. Pero encontró la habitación vacía. El conserje le dijo que el señorito Georges había salido muy temprano.


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