Nana
Nana Sólo cuando estuvo en la calle Richelieu, en su habitación encima del aposento de su madre, su corazón estalló en desconsolados sollozos. Esta vez ya no podía dudar. Una imagen abominable no cesaba de elevarse ante sus ojos: Nana en brazos de Philippe, y esto le parecía un incesto.
Cuando se creía tranquilo, el recuerdo volvía y una nueva crisis de rabia celosa le arrojaba sobre su lecho, mordiendo las sábanas y gritando palabras insensatas que aún le ahogaban más. Así pasó el día. Pretextó una jaqueca para seguir encerrado, pero la noche aún fue más terrible, una fiebre de muerte le agitaba en continuas pesadillas. Si su hermano hubiese habitado en la casa, habría corrido a matarle de una cuchillada.
Al llegar el día volvió a razonar. Él era quien debía morir, se arrojaría por la ventana cuando pasara un ómnibus. No obstante, salió hacia las diez, recorrió París, anduvo por los puentes y sintió en el último momento una invencible necesidad de volver a ver a Nana. Tal vez ella le salvase con una palabra. Daban las tres cuando entraba en el hotel de la avenida de Villiers.