Nana
Nana —Lo procuraré.
Siguió un silencio. Nana se vestÃa y él apoyaba la frente en un cristal. Al cabo de un minuto volvió a su lado y le dijo:
—Nana, deberÃas casarte conmigo.
De pronto esta idea la divirtió tanto que ni siquiera podÃa acabar de anudarse las enaguas.
—Pero, mi perrito, tú estás enfermo… ¿Es que porque te pido diez luises me ofreces tu mano…? Nunca. Te amo demasiado. ¡Vaya tonterÃa!
Y como Zoé entraba para calzarla ya no hablaron más de aquello. La doncella en seguida vio los regalos destrozados y amontonados debajo de la mesa. Preguntó si habÃa que guardarlos, y al decirle la señora que los tirase, los envolvió con su delantal. En la cocina escogÃan y se repartÃan los restos de la señora.
Aquel dÃa Georges, a pesar de la prohibición de Nana, se habÃa introducido en el hotel. François le habÃa visto pasar, pero los criados se reÃan entre sà viendo los apuros de la dueña de la casa. Georges acababa de deslizarse hasta el saloncito cuando la voz de su hermano le detuvo, y, pegado tras la puerta, oyó toda la escena, los besos y la oferta de matrimonio. El horror le dejó helado, y se marchó como un imbécil, con la sensación de un gran vacÃo en el cráneo.