Nana
Nana Y de nuevo se echó a reír locamente. Pero como la mirada del joven se humedeciese a pesar de su esfuerzo, ella se arrojó tiernamente a su cuello.
—¡No seas tonto! Te amo lo mismo. Si no se rompiese nada, los comerciantes no venderían. Todo está hecho para romperse… Fíjate, ¿ves este abanico? Sólo está encolado.
Había cogido un abanico, tirando de las varillas, y la seda se desgarró. Esto pareció excitarla. Para demostrar que se burlaba de los demás regalos, desde el momento en que había roto el suyo, se dio el gusto de destrozarlos, golpeando los objetos, probando que allí no había nada sólido, y destruyéndolo todo. Un fulgor se encendía en sus ojos vacíos y un ligero temblor de sus labios enseñaba sus dientes blancos. Luego, cuando todo eran pedazos, volvió a reírse, golpeó la mesa con sus manos abiertas y ceceó con su voz de mocosa:
—Se acabó. No hay más, no hay más.
Entonces, Philippe, contagiado por esta embriaguez, se entusiasmó y la besó en el cuello. Ella se abandonaba y se colgaba de sus hombros, tan dichosa, que no recordaba haberse divertido tanto desde hacía mucho tiempo. Y sin abandonarle, en un tono acariciador, susurró:
—Oye, querido, deberías traerme diez luises mañana… Bah, una cuenta del panadero que me fastidia.
Él se puso pálido; luego, depositando un último beso en la frente de Nana, dijo sencillamente: