Nana

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—¡Oh, eres muy amable! —dijo ella—. ¿Qué es esto? Enséñamelo… Eres un chiquillo al gastarte el dinero en esas baratijas.

Le reprendía, puesto que no era rico, muy satisfecha en el fondo por verle gastándoselo todo por ella, la única prueba de amor que la conmovía. Mientras tanto, forcejeaba con la bombonera, queriendo ver cómo era, abriéndola y cerrándola.

—Ten cuidado —murmuró él—. Es frágil.

Pero ella se encogió de hombros. ¿Acaso creía que tenía manos de gañán? Y de pronto la bisagra se le quedó en los dedos, la tapadera cayó y se rompió. Ella se quedó estupefacta, puestos los ojos en los pedazos y diciendo:

—¡Oh, se ha roto!

Luego se echó a reír. Ver los pedazos en el suelo le parecía divertido. Era una alegría nerviosa, tenía la risa necia y maligna de un niño a quien la destrucción divierte.

Philippe tuvo un breve arranque de indignación; aquella desgraciada ignoraba cuántas angustias le había costado su obsequio. Al verle tan trastornado, Nana trató de contenerse.

—Verdaderamente no ha sido culpa mía… Estaba rajado. Esas chucherías antiguas es lo que tienen… Lo mismo que esa tapa. ¿Has visto cómo saltó?


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