Nana

Nana

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Pronto, audaz ella, le pidió prestados doscientos francos, trescientos, nunca mayores cantidades, para atender pequeños pagos, cuentas urgentes, y Philippe, nombrado en julio capitán tesorero, aportaba el dinero al día siguiente, doliéndose por no ser más rico, porque la buena mamá Hugon ahora trataba a sus hijos con extraña severidad. Al cabo de tres meses, estos pequeños préstamos, prodigados con frecuencia, ascendían a doce mil francos.

El capitán siempre tenía su jovial y sonora risa; sin embargo, adelgazaba; a veces se distraía y una sombra de sufrimiento invadía su semblante. Pero una mirada de Nana lo transfiguraba en una especie de éxtasis sensual. Ella era muy zalamera con él, lo embriagaba de besos tras las puertas, lo poseía en abandonos bruscos que lo clavaban a sus faldas en cuanto podía abandonar el servicio.

Una noche, habiendo dicho Nana que ella también se llamaba Therese y que su santo era el 15 de octubre, aquellos señores le enviaron sus regalos. El capitán Philippe llevó el suyo, una antigua bombonera de porcelana de Sajonia, montada en oro.

Encontró a Nana sola en su tocador, acabando de salir del baño, vestida únicamente con un peinador de franela blanca y roja, y muy ocupada en examinar los regalos, expuestos en una mesa. Ya había roto un frasco de cristal de roca al querer destaparlo.


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