Nana

Nana

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Esto le parecía que formaría un fondo soberbio, rico y suave para su rojiza piel. Pero la habitación estaba hecha simplemente para que sirviese de marco a la cama, un prodigio y un deslumbramiento. Nana había soñado con una cama como jamás existió, un trono, un altar al que París acudirían para adorar su desnudez soberana. Todo en él sería de oro y plata repujados, semejante a una gran joya, con rosas de oro incrustadas en un emparrado de plata; en la cabecera, un grupo de Amores entre flores se inclinaría con sus risas para espiar las voluptuosidades a la sombra de las cortinas.

Nana se había dirigido a Labordette, que le llevó dos orfebres. Ya se ocupaban de los dibujos. La cama costaría cincuenta mil francos, y Muffat debía dársela por sus concesiones.

Lo que más le asombraba era que en aquel río de oro, cuya ola se le escurría entre los miembros, estaba continuamente escasa de dinero. Algunos días se encontraba en los mayores apuros por unos miserables luises. Tenía que pedir prestado a Zoé o buscaba dinero ella misma, como podía. Pero antes de resignarse a soluciones extremas, tanteaba a sus amigos, sacando a los hombres lo que llevaban encima, hasta las monedas sueltas, pero bromeando. Desde hacía tres meses vaciaba así a Philippe, quien no podía acudir en los momentos de crisis, sin dejar su cartera.


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