Nana
Nana En seguida aparecían las tremendas facturas, en medio de aquel chorro de dinero tirado: veinte mil francos del sombrerero, treinta mil de la lencería, doce mil del zapatero; la caballeriza se comía cincuenta mil, y en seis meses la modista hizo una cuenta de ciento veinte mil francos.
Sin que ella aumentara su tren, que Labordette estimaba en cuatrocientos mil francos de promedio, este año alcanzó la cifra de un millón, cantidad que a ella misma la dejó estupefacta, incapaz de explicarse adónde había podido irse semejante suma. Los hombres amontonados unos encima de otros y el oro vaciado a espuertas, no alcanzaban a colmar aquel agujero que siempre se abría bajo el suelo del hotel, en el resquebrajamiento de su lujo.
Entretanto, Nana aún alimentaba un último capricho. Asediada una vez más por la idea de rehacer su dormitorio, creía haber acertado: una alcoba de terciopelo rosa de té, con pequeños cadarzos de plata colgando del techo en forma de carpa, adornado con cordones y encaje de oro.