Nana
Nana Pero lo que se perdía aún era mayor: la comida de la víspera arrojada a la basura, un hacinamiento de provisiones de las que los criados se hastiaban, el azúcar prodigado como si fuese arena, el gas quemado a todo rendimiento hasta agrietar las paredes por el calor, y las negligencias, las malicias, los accidentes… todo lo que puede apresurar la ruina estaba a la orden del día en una casa devorada por tantas bocas.
Más arriba, en las habitaciones de la señora, el desastre soplaba más fuerte: vestidos de diez mil francos, puestos dos veces, y vendidos por Zoé; joyas que desaparecían como derretidas en el fondo de los cajones; compras necias, las novedades del día olvidadas al día siguiente en los rincones, barridas a la calle.
Nana no podía ver una cosa muy cara sin quererla en seguida, y así había en torno suyo un continuo derroche de flores, de chucherías preciosas, siendo más feliz cuanto más costaba su capricho de una hora. Nada le duraba en las manos, todo lo rompía, todo se marchitaba, todo se ensuciaba entre sus pequeños y blancos dedos; una siembra de restos sin nombre, de pedazos retorcidos, de pingajos dudosos, la seguía y señalaba su paso.