Nana
Nana En su hotel había como una especie de fragua. Sus continuos deseos incendiaban, con un pequeño soplo de sus labios, el oro que cambiaba en fina ceniza que el viento barría a cada momento. Jamás se había visto tal frenesí de derroche. El hotel parecía construido sobre un abismo, donde los hombres, con sus bienes, con sus cuerpos y hasta con sus apellidos, se hundían sin dejar tras ellos el rastro del más leve polvo.
Aquella ramera, con gustos de cotorra, mordisqueando rábanos y almendras garrapiñadas, desmenuzando la carne, necesitaba cada mes para su mesa cuentas de cinco mil francos. En la cocina había un despilfarro desenfrenado, un chorreo feroz que reventaba los barriles de vino, que ensartaba las cuentas hinchadas por tres o cuatro manos sucesivas.
Victorine y François reinaban en aquel lugar, donde invitaban a todo el mundo, además de una tribu de primos mantenidos a domicilio con fiambres y sustanciosos caldos; Julien exigía los descuentos a los proveedores; los vidrieros no colocaban un cristal por menos de treinta monedas, sin que él añadiese veinte más; Charles se comía la avena de los caballos, doblando las provisiones y vendiendo por la puerta de atrás lo que entraba por la principal, mientras que en ese despilfarro general, de saqueo de una ciudad tomada al asalto, Zoé, con gran arte, conseguía guardar las apariencias, encubría los robos de todos para salvar mejor los suyos.