Nana

Nana

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—Sí, ha sido una torpeza… Está muy mal lo que he hecho. Ya ves que lamento mi falta. Lo siento muchísimo, puesto que te contraría… Vamos, sé gentil por tu parte y perdóname.

Se había acurrucado a sus pies, buscando su mirada con un aire de ternura sumisa, para ver si estaba muy enojado con ella; luego, al observar que Muffat no respondía, suspirando largamente, fue más zalamera y le dio una última razón con bondadosa gravedad.

—¿Ves, querido? Es preciso comprender… Yo no puedo negar eso a mis amigos pobres.

El conde se dejó convencer. Sólo exigió que despidiese a Georges. Pero toda ilusión estaba muerta, ya no creería más en la fidelidad jurada. Al día siguiente Nana lo engañaría de nuevo, y no quedaba en el tormento de su pasión más que una necesidad cobarde, un espanto a la vida, a la idea de vivir sin ella.

Ésta fue la época de su existencia en que Nana iluminó París con el incremento de su esplendor. Aun engrandeció más el horizonte del vicio, dominando la ciudad con la insolente ostentación de su lujo, y su desprecio del dinero, que le hacían fundir públicamente las fortunas.


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