Nana
Nana Estaba exasperada por esta sorpresa. Jamás cedía así en su casa, en aquel salón y con las puertas abiertas. Había sido precisa toda una historia, una discusión con Georges, rabioso de celos contra Philippe; sollozaba tan fuerte sobre su cuello, que ella le dejó que siguiera, no sabiendo cómo calmarlo y muy compadecida en el fondo.
Y por una vez que cometía la estupidez de olvidarse así, con un mocoso que ni siquiera podía llevarle unos ramilletes de violetas de tan escaso de dinero como lo tenía su madre, llegaba precisamente el conde y caía sobre ellos. Verdaderamente no tenía suerte. Esto era lo que se ganaba con ser buena chica.
La oscuridad era completa en la habitación adonde había empujado a Muffat. Entonces, a tientas, llamó furiosamente para que trajesen una lámpara. También era culpa de Julien. Si hubiese puesto una lámpara en el salón, no habría sucedido nada.
Aquel estúpido crepúsculo le había trastornado el corazón.
—Te lo ruego, gatito mío, sé razonable —dijo ella cuando Zoé trajo la luz.
Sentado y con las manos en las rodillas, el conde miraba al suelo con el atontamiento de lo que acababa de sorprender. Y no encontraba ni un grito de cólera. Temblaba, como sobrecogido por un horror que le helaba. Este mudo dolor conmovió a Nana, e intentó consolarlo.