Nana
Nana Desde que Zoé se abandonaba por cálculo, la buena administración del hotel iba de cabeza, a tal punto que Muffat no se atrevía a empujar una puerta, descorrer una cortina o abrir un armario; ya no valían las habilidades, los señores se arrastraban por todas partes y tropezaban unos con otros. Ahora tosía antes de entrar, sobre todo desde que estuvo a punto de encontrar a Nana colgada del cuello de Francis una noche que se ausentó dos minutos del tocador para ordenar que enganchasen, y mientras el peluquero daba el último toque al peinado de la señora. Eran abandonos bruscos a espaldas suyas, el placer recogido en todos los rincones, vivamente, en camisa o con traje suntuoso, con el primero que llegase. Luego se reunía con él, encendida y dichosa con el engaño. Sus trampas se sucedían, abominables todas. El desdichado, en la angustia de sus celos, llegaba a estar tranquilo cuando dejaba a Nana y a Satin juntas. La habría empujado a este vicio con tal de apartarla de los hombres. Pero también por este lado todo fracasaba. Nana engañaba a Satin del mismo modo que engañaba al conde, enardeciéndose con caprichos monstruosos, recogiendo rameras en las esquinas de las calles. Cuando regresaba en coche, a veces se enamoraba de un pingajo visto en el arroyo, enardecía sus sentidos y desbordaba su fantasía, y entonces hacía que subiese, la pagaba y la despedía. Luego, con un disfraz de hombre, emprendía aventuras por casas de lenocinio, con espectáculos de desenfreno que divertían su aburrimiento. Y Satin, irritada por verse abandonada continuamente, trastornaba todo el hotel con escenas atroces; había acabado por tener dominio absoluto sobre Nana, que la respetaba.