Nana

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Muffat también soñó con una alianza. Cuando no lograba imponerse, provocaba a Satin. Dos veces ella había obligado a su querida a que lo tomase; mientras él se mostraba agradecido, la advertía y se esfumaba ante ella a la menor señal. Sólo que la armonía casi no duraba. Satin también estaba cansada. Algunos días lo rompía todo; medio extenuada, se destrozaba en un frenesí de cólera y de ternezas, que incluso la embellecía. Zoé debía de entusiasmarla, porque la cogía en los rincones, como si quisiera contratarla para su gran negocio, del que aún no hablaba a nadie.

Sin embargo, al conde Muffat aún le sacudían ciertas rebeliones. Él, que toleraba a Satin desde hacía meses, que acababa de aceptar a los desconocidos, ese rebaño de hombres galopando a través de la alcoba de Nana, se irritaba ante la idea de ser engañado por alguno de su clase o simplemente por sus conocidos. Así, cuando ella le confesó sus relaciones con Foucarmont, padeció tanto que encontró la traición del joven tan abominable que quiso provocarle y batirse en duelo.

Como no sabía dónde buscar testigos para semejante asunto, se dirigió a Labordette, quien le miró estupefacto, sin poder contener la risa.

—¿Un duelo por Nana…? Pero, querido señor, todo París se burlaría de usted. Nadie se bate por Nana; es ridículo.

El conde palideció. Y dijo con violencia:


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