Nana

Nana

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—Pues le abofetearé en plena calle.

Durante una hora Labordette trató de que razonase. Una bofetada haría odiosa la historia; por la noche todo el mundo sabría la verdadera causa del encuentro y sería la comidilla de los periódicos. Y Labordette acababa siempre con esta misma conclusión:

—Imposible, eso es ridículo.

Esta palabra caía cada vez sobre Muffat, clara y cortante como una cuchillada. Ni siquiera podía batirse por la mujer que amaba; era para soltar la carcajada. Jamás había sentido más dolorosamente la miseria de su amor, aquella gravedad de su corazón perdida en la burla del placer. Fue su última rebelión; se dejó convencer, y desde entonces asistió al desfile de los amigos, de todos los hombres que vivían allí, en la intimidad del hotel. Nana, en el espacio de algunos meses, los devoró glotonamente a unos después de otros. Las crecientes necesidades de su lujo enardecían sus apetitos, y de una dentellada dejaba a un hombre completamente limpio. Al principio tuvo a Foucarmont, que no le duró más que unos días. Él soñaba en abandonar la marina y había amasado en diez años de viajes unos treinta mil francos que quería invertir en Estados Unidos, pero hasta sus instintos de prudencia y de avaricia fueron barridos; lo dio todo, hasta firmas en pagarés de favor que comprometían su porvenir.


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