Nana

Nana

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
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Cuando Nana lo echó, estaba desnudo. Pero ella se mostró muy bondadosa: le aconsejó que volviese a su barco. ¿Para qué obstinarse? Pues no tenía dinero, la cosa no era posible. Debía comprenderlo y ser razonable. Un hombre arruinado caía de sus manos como un fruto maduro, para pudrirse en tierra por sí mismo.

Nana en seguida se abatió sobre Steiner, sin repugnancia, pero sin ternura. Lo trataba de cochino judío, parecía saciar un antiguo odio, del que ni ella misma se daba cuenta. Era grueso y estúpido, y ella lo atropellaba, tragándose pedazos dobles, queriendo acabar lo más pronto posible con aquel prusiano. Él había abandonado a Simonne. Su asunto del Bósforo empezaba a peligrar. Nana precipitó el hundimiento con locas exigencias.

Durante un mes aún estuvo debatiéndose, haciendo milagros; llenaba Europa de anuncios, de prospectos, en una publicidad colosal, y conseguía dinero de los países más lejanos. Todos estos ahorros, los luises de los especuladores, como las monedas de las pobres gentes, se hundían en el abismo de la avenida de Villiers. Por otra parte, se había asociado con un maestro herrero, en Alsacia, y allá en un rincón de provincia, los obreros ennegrecidos de carbón, chorreantes de sudor, que noche y día tensaban sus músculos y oían crujir sus huesos, se afanaban para subvenir a los placeres de Nana.


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